viernes, 21 de marzo de 2014

Playas oscuras


Las tardes en la playa eran otra cosa. Esas tardes con aroma a brisa marina y sueños por cumplir... como las extraño. Hasta la poesía era menos cursi, el alcohol menos necesario y las sonrisas más genuinas.
Pero como todo, eso tampoco duró para siempre. Y mirá que hicimos el esfuerzo...
Ya es conocidísima la idea de "dónde irán ... cuando.." (rellenar con lo que se prefiera: besos-personas, palabras-silencio, etc...)
Pero realmente me gustaría saber dónde están ahora nuestras carcajadas adolescentes, nuestro desprejuicio, nuestra falta absoluta de vergüenza, nuestras canciones que hablaban de amores reales e imperfectos y de vicios y caprichos, que tanta gracia nos causaban. De verdad quisiera encontrar el lugar dónde fueron a parar todas nuestras tardes de agua salada, arena en el pelo y de gritar porque sí, porque liberaba, porque era lindo caerse desparramado en la arena sin saber porque reíamos tanto, que la risa se hacía llanto y tos...
Realmente quisiera saber dónde estamos nosotros, los que fuimos tanto y a la vez tan poco. Los que luchábamos contra todo, por el solo hecho de disentir. Los que no pensábamos en el futuro como si no hubiera un mañana, cómo si todo fuese a terminar cuando el sol caía y cada uno volvía a su casa.
Si pudiera encontrar ese lugar, si existiera realmente un sitio donde van a parar las cosas maravillosas de la vida, no dudaría un segundo en correr hacia allá. Aunque sea un rato, para espiar, para respirar ese aire repleto de alegría y de impunidad.Un rato... solo un rato.
Y no por eso digo que la vida no sea buena ahora, que no haya cosas bellas en ella que disfrutar. Tampoco esto va de esa tontería de que los mejores años ya se fueron, porque los mejores son los que uno quiere que así sean.
Lo que en realidad extraño es esa nena ridículamente crédula, que se reía de todo y no dudaba de nada.
Esa nena que un día, a orillas del mar, masticando odio, tuvimos que matar. Y luego hubo que sepultarla para que jamás volviera a entorpecer nuestro albedrío.
La llamaban INOCENCIA. Y ahora solo lloramos evocando su recuerdo, porque sabemos muy bien que era lo más preciado que jamás tuvimos y no fuimos capaces de cuidarlo




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