lunes, 9 de junio de 2014

El fuego sagrado


De pronto me encontré a mi misma más serena, más sabia, diciéndote que la vida es como un tanque enorme repleto de helado. Y vos me miraste con tus enormes e inocentes ojazos, que por un momento en la charla previa se habían aguado un poquito, y simplemente lo vi. Estaba ahí dentro de tus ojos, quemandote.  Vi el fuego sagrado, el élan vital. Y me sentí feliz porque entendí que estas completo. Que no te falta nada. Como un padre que le cuenta los deditos a su hijo recien nacido esperando que estén todos, yo conté una por una las aristas de tus sueños y estaban intactas. Verifiqué las curvas de tus latidos y trazaban un dibujo hermoso e imperfecto digno de cualquier almita potencialmente destinada a ser un gran espíritu.
Entonces filosofé,  sólo para que me entiendas, fabricando una parábola a la altura de tus conceptos. La vida, hijo, es un gran tanque repleto de helado. Por una,  dos o tres anginas que puedas sufrir durante el banquete, no vas a dejar de comerlo. Y como es gigante y te va a llevar un tiempo terminarlo, puede que incluso tengas que sacar las basuritas que vayan cayendo en el helado para poder seguir disfrutandolo sin problemas. Y vas a encontrar quien te ayude cuando alguna parte se te esté derritiendo porque te quieren y quieren que aproveches bien ese regalo. Y también vas a tener que cuidarte de alguno que otro que pase escupiendo helados ajenos. Pero nunca y en ningun caso, a pesar de las anginas, las basuritas, los escupidores furtivos, dudes de que ese premio, ese heladote delicioso, merece la pena ser disfrutado, todos los días, despacio, saboreando cada cucharada (incluso las amargas, que nos enseñan que parte no queremos volver a degustar)
Y ahora, feliz de haber vislumbrado en tu interior el calorcito de tu propia hoguera, me voy a dormir mientras sigo saboreando el helado de mi propia vida, que un poquito,  en su parte mas sana y dulce hijo, sabe a vos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario